El pasado día 12 de Junio fui invitada a presentar una ponencia acerca de la depresión en el paciente de edad avanzada, con motivo del 32º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG).
Lo primero que me gustaría decir es que compartir conocimientos con mis colegas, los médicos de Atención Primaria, siempre me ha parecido un placer y me he sentido muy cómoda. Creo que tenemos mucho en común los psiquiatras y los médicos generalistas (si se me permite esta expresión) porque tenemos una forma de hacer muy similar. Abordamos los problemas del paciente desde una perspectiva holística y siempre personalizada, esto es, intentamos no olvidar ninguna de las facetas del paciente como persona y es más, integrarlas. Lo creo sinceramente. Esto es algo que no abunda en la Medicina, donde los especialistas solemos trabajar en “compartimentos estancos”, olvidándonos de eso tan difícil que es trabajar en equipo. Cuando tratamos con mayores esto es aún más importante. Por esto no quiero olvidarme de mis colegas los geriatras y alabar tambien su labor, ni tampoco del resto de especialidades, que me consta intentan hacerlo pero el marco de trabajo lo hace mucho mas difícil. El médico de primaria es la mayoría de las veces, el primer receptor del sufrimiento del paciente y suele conocer bastante bien el entorno social y psicológico de este, además del propiamente médico.

Dra. Águeda Rojo Pantoja
Uno de los trastornos más prevalentes en la vejez es la depresión. La enfermedad depresiva en personas de edad avanzada afecta al 10-15% de este grupo de edad. En Europa la prevalencia media es del 12’3% y en todo el mundo la prevalencia media es del 13,5% y del 10-15% para mayores que viven en la comunidad y padecen alguna forma de sintomatología depresiva. Las cifras aumentan en el ámbito médico, hospitalario o institucionalizados.
Estas depresiones son particularmente diferentes en su expresividad clínica, a las que sufre el adulto. En esta franja de edad, la depresión toma formas curiosas y difíciles de detectar si el médico no está mínimamente entrenado. Por ejemplo, puede aparecer como síntomas físicos, lo que llamamos somatizaciones, dolor de cabeza, abdominal o incluso mareos. O puede manifestarse con irritabilidad, enfados continuos sin motivo aparente. Además el mayor no suele saber expresar sus emociones por lo que nunca suele comunicar su tristeza, no saben qué les pasa, se sienten incómodos, infelices, pero sin identificarlo como tristeza. Creen que no saben hacer las cosas que antes hacían, como si hubieran perdido la destreza de hacerlas y entonces sufren y abandonan sus tareas habituales por temor a hacerlas mal.
Si las depresiones aparecen por primera vez en la historia biográfica del individuo, cuando son mayores, las llamamos “de inicio tardío” y en este caso, debemos estudiar al paciente con mucha atención, no solo explorar la esfera afectiva sino también la cognitiva. Hay que preguntar a los familiares si pierde memoria o si han notado algún cambio en su comportamiento, algo que no sea propio de su forma de ser. El motivo es la estrecha relación que existe entre depresión y demencia, dos entidades diferenciadas, pero a veces coincidentes y muy relacionadas. La depresión de inicio tardío puede ser el debut de una demencia y debemos estar alerta.
Todos estos aspectos característicos de la depresión en la edad avanzada son solo una muestra de lo compleja que es la evaluación de este trastorno mental, en el paciente geriátrico. En esta ponencia intenté transmitir a mis colegas mi experiencia en este campo, aportando “perlas” de conocimientos prácticos para detectar adecuadamente la depresión en la edad avanzada y poder así disminuir el sufrimiento del paciente y prevenir otros posibles trastornos mentales que pudieran pasar desapercibidos.
Espero que les fuera de utilidad y que disfrutaran tanto como yo, en este encuentro entre profesionales que nos dedicamos a cuidar de la salud física y mental de nuestros mayores.

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